La isla desierta

Un físico, un químico y un economista sobreviven a un naufragio y acaban en una isla desierta con un cargamento de latas de conserva como único alimento.

Tienen que ingeniárselas para abrir las latas sin ninguna herramienta y cada uno hace una propuesta basándose en sus áreas de conocimiento.

El físico propone calentar las latas de modo que aumente la presión interna y estallen.

El químico, sintetizar un ácido con el que corroer la tapa de las latas.

El economista les mira con desdén y les dice: “Es todo mucho mas fácil.

Supongamos que tenemos un abrelatas.”

Aclaración snob, el “supongamos que” el punto de partida de todos y cada uno de los modelos teóricos de la economía. Hay encendidos debates sobre la utilidad de unos modelos que tienen que partir de la simplificación y de supuestos poco realistas por definición y no seré yo el que vaya a zanjar la discusión, solo diré que tal simplificación sí que ha llevado a consecuencias desastrosas cuando la realidad ha decidido desafiar a la teoría financiera que modeló los mercados financieros basándose en hipótesis tan elegantes como imposibles de cumplir.

El mejor ejemplo fue el lunes negro de 1,987 en el que los mercados decidió que la teoría que los califica de eficientes muy bien en los papers pero que ellos iban a desmadrarse como marineros borrachos y que no les importaban las consecuencias de sus excesos.

Milton Friedman publicó su “parábola” de la posición de las hojas de un árbol defendiendo que el realismo de los modelos económicos era irrelevante si servían para hacer un adecuado análisis de las situaciones y yo no soy nadie para contradecirle, solo me divierto con chistes malos y extrayendo “anécdotas” escogidas para entretenernos un poco.

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